Con cariño para Cristina, Edurne y Noelia.
El final de esta historia está de algún modo en su comienzo.
Vine a este pueblo en la sierra para visitar los lugares que inspiraron las macabras historias de Berral González, un brujo y metafísico que exploró por primera vez la teoría de los mundos alternativos, la psicología criminal y las religiones paganas que veneraban el fuego. Sus aficiones se mezclaron en sus cuentos sádicos y sesudos tratados de teosofía. Algunas noches practicaba secretos estudios y ritos sobre los cadáveres de prostitutas y vagabundos hasta que fue quemado en su torre por los intransigentes tribunales de fuego.
Su cuento Sísifo jamás he podido leerlo. Siempre había algo que me lo impedía: una vez fue la llegada de unos molestos pero simpáticos técnicos de Jazztel con sus monos grises y maletines; otra vez la tediosa visita de mi hermano «artista» que quería hablar y enseñarme sus extraños cuadros de manchas negras (me obligó a colgar una de esas feas obras posmodernas en mi salón); en otra ocasión fue el incendio de mi bloque, provocado por el vecino del quinto, un chaval que dejó una olla puesta mientras jugaba furibundo a World of Warcraft. El libro pereció entre las llamas.
A pesar de que muchos libreros negaban conocer el libro e incluso al autor, tres veces más logré comprar el ejemplar de cuentos reunidos donde aparece el texto: la primera vez lo olvidé en el metro al volver de la tienda, la segunda me fue sustraído por algún ladrón culto (fue lo único que robó), la tercera vez leí una oración al azar: «Ahí estabas tú, de espaldas, leyendo mi historia.» Recuerdo que me giré nervioso y solo vi una indefensa estantería blanca con libros y archivadores. Me reí sonoramente de mi estupidez. Solté el libro porque olí a quemado en la cocina y cuando volví el tomo había desaparecido de forma completamente inverosímil.
Cuando llegué aquí conocí a Elena y le conté mis intentos fallidos de leer Sísifo; pareció creerlo sin dificultad. Elena era la narradora del Mystery Bus: una de esas aberraciones turísticas que viajan por los lugares más emblemáticos y terroríficos de la localidad contando historias de horror al más puro estilo Pesadillas (Goosebumps). El torreón blanco y eternamente circular en el que se aisló Berral para escribir sus macabros cuentos era, por supuesto, parada obligatoria.
Me enamoré de ella poco después. Me enseñó a amarla, porque nunca antes había amado a una mujer. Su presencia era una tormenta visceral que agitaba todo mi ser. La amo más que a mí mismo. Hemos escalado montañas y visitado atalayas que miran más allá de las columnas de Hércules; la he cubierto en olas, nos hemos revuelto en tempestades. Juntos hemos conquistado el tiempo y sus ciudades. Cada vez que alguien lee este cuento nos amamos en la oscura comisura de una página, en la respiración entrecortada de este párrafo.
Elena tiene un ejemplar en casa en el que aparece el Sísifo, pero me ha negado su lectura. Lo descubrí de casualidad, mirando distraídamente entre sus libros y carpetas un día que cenamos juntos. Una noche, mientras ella dormía, me escapé de la cama y atravesé el salón de no más de diez metros cuadrados que tenía un sofá blanco acolchado y cúbicos muebles de IKEA similares a tristes ataudes suizos en la oscuridad y llegué hasta la pequeña oficina. En la estantería coronada por la estatuilla de un fénix estaba la copia del ejemplar. Las páginas que correspondían al cuento del Sísifo no estaban ahí.
Tras la estantería podía escuchar un susurro, pero solo había una pared. Al principio no sabía si provenía de mi cabeza, de la puerta o de detrás de los anaqueles. Pero luego estaba seguro de que aquellas voces eran los pensamientos de los hombres y mujeres que estaban leyendo Sísifo. También estaba tu voz: aún puedo oír como me tomas por loco. En ese momento comprendí por qué la historia me estaba vedada. Las voces se hacían cada vez más fuertes y una potente luz blanca iluminó la habitación. En la puerta distinguí la silueta de Elena, envuelta en su bata. No parecía sorprendida de verme allí.
– ¿Qué haces levantado? Tómate una pastilla para dormir y vuelve conmigo.
– Sabes que no puedo. Tengo que cumplir mi destino.
Parecía nerviosa, retrocedió unos pasos al principio pero luego quedó paralizada. Las voces eran cada vez más fuertes. Puedo escuchar como piensas que voy a matarla, hipócrita lector. Pero eres tú el que me ha llevado a esto negándote a dejar de leer. Sentí un impulso irrefrenable. Mis ojos estaban inyectados en sangre. Mi mano, movida por los hilos invisibles del diablo, tomó la estatuilla del fénix, después me abalancé violentamente sobre Elena y la asesiné cruelmente.
Me arrodillé temblando frente a la estantería, con furia saqué los libros y los lancé a mis espaldas. Las voces eran cada vez más ruidosas, las luces más potentes y olía a fuego. Busqué como un loco la procedencia de las voces tras los anaqueles cuando de repente te vi.
Ahí estabas tú, de espaldas, leyendo mi historia. Y cuando te giraste nervioso yo me oculté. Solo viste una indefensa estantería blanca llena de libros y archivadores. Te reíste sonoramente de tu estupidez, luego te marchaste a la cocina, porque pensabas que el fuego venía de ahí; fue entonces cuando cogí el tomo (o más bien él se acercó a mí) y empecé a leer en busca de una solución:
«El final de esta historia está de algún modo en su comienzo.»
FRANCISCO BERRAL GONZÁLEZ, 2019.
